El viento corta mi rostro ahí arriba. Juré que nunca más volvería a subir, pero supongo que las promesas se rompen cuando se rompe el alma. ¿Qué podrías perder? La libertad se convierte lentamente en un sueño del pasado, que serpentea lentamente hacia el baúl empolvado del Nunca Jamás. Me lo pienso mucho. Allí al fondo, quedan
sólo unos desorientados rayos de Sol anaranjados, que no saben si quedarse o ir
con los demás. Mientras pienso, largo rato, optan por vivir en sociedad. Oscurece. Eso me
da fuerzas, y, sin poder ver mis manos a dos centímetros de mis ojos, salto. No
un salto sublime, ni magnífico, ni ladrón de alientos. No salto como nunca he
saltado. Simplemente salto. Caigo a la velocidad de un suspiro, pero lo bastante rápido para que la
precisión de mi mirada no se fijara en que ahí abajo hay cuerdas de tender la
ropa. Así que cuando me dividen en pequeños trozos, puedo notar el suave calor
del algodón en mi piel. Todavía sigo buscando ese calor, al igual que las
partes que no conseguí encontrar de mí misma.